Todo es un poco brumoso en esto que voy a contar. Recuerdo un poco de jaleo entre Netscape y Explorer. Como puedes deducir, más viejo que los balcones de palo. Me llamaba la atención el conflicto, la pelea entre navegadores. Y luego, apareció Google, pequeñito por aquel entonces, que aventaba las dificultades que ponía Microsoft para el desarrollo pues, como era un monopolio, pues los palos en las ruedas era lo habitual. Y, por aquel entonces, sentía una inocente simpatía por Google. Creía que era un modo distinto de enfocar la navegación en Internet. Pero no.

Ahora, el monopolio, es de Google. Condiciona y no pone palos en las ruedas: directamente arranca las posibles ruedas para que nada, excepto él, pueda rodar.

Y vuelve a girar la rueda. Una ficción que sobrevive en la inocencia de los comienzos te abre un horizonte monopolista, capitalista y de bochornoso enriquecimiento que te hace reconsiderar tus objetivos.

Ya sea en Internet, ya sea en Gaza, ya sea Ucrania, ya la Iglesia, sería deseable volver al amor primero. Y, como tantas veces, haré mención a la canción de Los Burros. “Te amo como se ama por primera vez, cuando aún no hay costumbres”.