
Como si no tuviera brazos. O, si los tengo, están secos porque la sangre fluye a empujones: y no llega. Se duermen los dedos y no siento la ruda superficie del suelo, el frío… Respiro como si costara: como si arañara cada bocanada de aire que quiere llenar mis pulmones: y siempre están en reserva. Abro el pecho y me estiro para que entre más, cueste lo que cueste. No es suficiente.
Y es cierto. El Amor, su búsqueda, es el que llena el vacío de tantos momentos que fueron nada. La certeza inquebrantable de su presencia te zambulle en la ardiente realidad, pues bajo la superficie, sientes que está el sentido de todo, el motor, la magnética, el tesoro.
Y es que, a los amputados, les duelen los miembros que faltan, los tristes añoran la alegría; los esclavos, la libertad; el desierto siente nostalgia de la lluvia mientras el hielo recuerda cascadas y peces. En el infierno de haber tenido y no, la alternativa presente es ponerme en pie, cantar y creer.