
Ya no hay espejos. Tenemos un móvil que nos ayuda, a través de la cámara frontal, a saber si tenemos algo entre los dientes, algún grano en ciernes o si te asoma algo por la nariz tras estornudar. La tecnología rompe fronteras donde antes sólo había analogía (por lo de lo analógico)
Y digo esto porque, hay veces que leo algo y parece que me han hecho el recuento de leucocitos: es exactamente lo que yo siento/pienso/creo. Y remueve mi conciencia, mi inconsciente, mi sintiente y la sinrazón en la que muchas veces habito. Es como si supiera cómo estoy de epidermis para adentro.
Y lo mismo pasa cuando escribo algo. Parece que, quien me lee, se reconoce en lo escrito, descrito; y es como un guiño, una complicidad, un cuenta conmigo porque sé qué estás viviendo.
Y es lo que últimamente me da esperanza. La posibilidad de que la Humanidad de mi interior, la primigenia, la versión 1.0, se vea reflejada en la del otro. La que no tiene publicidad ni ideología. La que, prehistórica, no necesita un filósofo, un sabio, un físico nuclear ni un chamán para ser explicada, comprendida, recordada: vuelta de nuevo al corazón, donde habita lo genuino. Original y genuino.
Sé tú mi espejo. Ayúdame a traer a la conciencia la luna llena que mueve las montañas marinas y lame las playas, golpea los acantilados, contiene abisales monstruos. Devuélveme la inocencia que perdí intentando aprender idiomas de los que no conocía su origen, perdiéndome en la semántica, la gramática…
Échame una mano. Para que mi vida sea nueva cada nuevo día. Para que su fecha de caducidad sea al día siguiente. Y el siguiente, y el siguiente…