Debo estar haciéndome viejo. Me está pasando con mucha frecuencia que, cuando comienza la música cierro los ojos. Emocionado, asoman las lágrimas; y no les pongo freno. El aire en mis pulmones se expande como el vapor saliendo por una alcantarilla un día muy frío, ensanchando la caja torácica, permitiendo que el corazón ocupe el extra de espacio para acompasarse al ritmo del sonido que me hace sentir.

Y no sólo suena la canción que está sonando, la voz que la interpreta, su cuerpo: como un coro góspel, suenan todas las veces que la he escuchado más todas las situaciones en las que la escuché y me dije “Dios, es genial”, congelando el infierno, incendiando el Nitrógeno líquido.

Y, como si de un tsunami se tratara, acuden a mi memoria empujados por cada nota, las versiones que conozco de la canción. Y es como si cambiara de raza, de color, de altura y peso. Es la misma canción. Y son mutaciones maravillosas que despliegan toda la sensibilidad de quien se puso el traje de la obra e hizo danzar, distinta, la canción que embarga mi alma.

El cielo debe ser eso. Una eternidad llena de música explosionando eternamente como la primera vez, como el primer beso, el primer amor… Siempre antiguo, siempre nuevo.

Me pregunto: ¿Acaso formará Dios las siete notas como, las bases nitrogenadas, el ADN?

¿No será quizá que cada día, de los siete de la creación, estuvo sonando una distinta, día tras otro hasta generar el acorde completo de la creación?

Las siete son las semillas plantadas en la tierra para que sea como en el cielo.

(*) Heaven: Cielo.