
Personajes vivos, los menos; los muertos, la mayoría. Son, los homenajeados, sujetos pacientes de la admiración viva o póstuma a un legado, una vida.
Personalmente me parecen la máxima expresión de la mediocridad de los que homenajean. Babeantes, followers de cualquiera condición se rinden ante cualidades que cualquiera puede desarrollar con la suficiente estimulación: Tanto interna como externa.
En estos actos se describen paisajes en los que los colores son en blanco y negro o sepia, por la degradación que el inexorable, el único que estuvo y estará, el tiempo, impone. Miradas a ningún sitio, lugares que ya no existen, existencias irreconocibles por haber pasado la vida a través de ellas: como el vino, zumo de uva es: pero no es aquel que hoy olvidó el afrutado aroma. Hoy sabe como el que ha dormido en ataúd bodeguero.
Y lo más interesante es que, los homenajes, los organizan siempre otros. Como si de una fiesta sorpresa se tratara. ¡Qué falto de estilo sería que el homenajeado se hiciera una fiesta!
¿Quieres reconocer una vida que ha valido la pena ser vivida? Haz aquello que admiras. ¿Deseas esconder tus cobardías tras la valentía de gente que se atrevió a creer en sí mismo? Ya sabes lo que tienes que hacer.
Los que estaban en la retaguardia haciendo la crónica de la heroicidad son quienes labran las esquelas de los valientes.