
Quería dar una vuelta a algo que no cesa dentro de mí. Y la sensación que tengo es que, según las leyes del mercado, si hay un buen producto acompañado de una buena publicidad, el producto suele funcionar. La cosa es que el mejor producto del mundo, como ya comentó un afamado publicista, es el Evangelio: con el libro más editado y vendido, la Biblia, delegaciones en todo el mundo, las parroquias; el mejor premio, la vida eterna, el mejor logo jamás diseñado, la cruz… Y resulta que el público no lo compra. ¿Es culpa del público? ¿O la responsabilidad del desconocimiento de los bienes que aporta ha de ser asumido por aquellos que son de plantilla?
Honestamente, creo que admitir la cuota de responsabilidad es un ejercicio de madurez. No hay mucho más que añadir. Arrastrar al público a liturgias que no aportan nada nuevo, vender parcelas en el cielo a través de prácticas que nunca revelaron, para nadie, su bondad y culpar a los usuarios, la sociedad, de no estar atentos a la Buena noticia, es un caso claro de absentismo responsable.
Por ello, es necesario, urgente un cambio de rumbo. Volver a lo anterior no es una opción. Seguir como estamos, tampoco: es una cuestión de convicción, de valentía.
Parresia * lo llaman algunos.
(* La parresia se refiere a la franqueza, el coraje y la libertad de hablar que se consideran un don del Espíritu Santo en la iglesia católica.)