Cuando miro la iglesia, me acuerdo de la sanidad pública. Un organismo eficaz, con defectos evidentes, pero al servicio de todos.

Y, ¿qué es lo que está pasando? Pues una privatización encubierta, o no, paulatina en la que se desmantelan servicios esenciales para condenar a los usuarios a gastar el dinero que no tienen cuando tampoco tienen salud. Para alegría de los accionistas de las empresas de la salud. Es curioso como huelen la sangre. Perdón: Cómo advierten un buen negocio y cómo saben hablar a quien puede ayudarles en su glorioso empeño de conseguir cada año más dividendos a costa de la salud de los vivos. (Los muertos no tienen salud)

No digo más. Quien advierta privatizaciones en nuestra iglesia, que grite en las puertas de los templos “Iglesia una y de calidad”. Podríamos usar carteles en los que también pusiéramos “Iglesia de calidad: de verdad”, “Iglesia una y viva” y “Iglesia, tu casa”. Y lo encarnemos.