Al principio fue como el sonido de un arroyo. Apenas perceptible, pero el rumor se fue extendiendo como las amapolas en primavera. Como un susurro: “La guerra ha terminado”. El anuncio nos llegó limpiando nuestras armas, afilando nuestros cuchillos, repasando nuestros argumentos para enardecer el valor. De pronto, soltamos lo que teníamos en las manos y miramos al futuro sin saber qué es lo que iba a pasar. Los planes que teníamos de ataque, de contención, nuestras estrategias, nuestra bilis, ¿qué hacemos con ellos? Porque anestesiaban nuestro dolor, envenenaban nuestro entendimiento, daban razón a nuestra existencia,… ¿Qué va a ser de todo eso?
Porque teníamos prevista una ofensiva en la que todos los agravios serían desagraviados y todas nuestras frustraciones encontrarían justificación…
Pero la guerra ha terminado. Se había firmado un armisticio, un acuerdo de paz en la que no había vencedores: Sólo vencidos porque cualquier guerra, por muy justificada que aparente ser, es fratricida.
Los hermanos recelaban, pero se empezaban a dar los pasos que, suponían, traerían la ansiada paz.
¿Qué haremos con nuestras armas y nuestras alianzas? Arados y podaderas, porque nunca debimos afilar el hacha contra lo que no produjo lo que deseábamos.
Nunca debió empezar la guerra. No hay ninguna actitud belicosa que tenga cabida en una familia. Ninguna.
La Misericordia: Solo la misericordia, la que se ríe del juicio, es la que tuvo que campear a sus anchas entre los valles de todos los hombres.
Al fin, quien mucho ama, mucho perdona.
PD. (se lee escuchando «War is over» de John Lennon)