
La herencia, las herencias, son esas cositas que te quedan cuando alguien próximo Alt+F4. Hay algunas que las disfrutamos en vida. Yo soy como el Bizco Pardal de rancio abolengo, pues viene desde antiguo. Hay quienes disfrutan de un coeficiente craneal de penetración cada vez menor gracias a la progresiva pérdida de la mata pilosa porque su familia, como decía la canción, aspira a la perfecta cabeza. Las demás, defectuosas, están cubiertas de tan peluda molestia.
Tardo poco. No hace mucho, volví a ver una película en la que una de las protagonistas espetaba: “Pronto, la guerra de nuestros padres será nuestra. ¿De qué lado estarás? Y me ha hecho pensar en la cantidad de cosas que no elegimos y que, por capilaridad, asumimos. Y es claro: muchas de las guerras actuales, conflictos y similares, están vivas por la memoria que se tiene para lo malo, la herencia, en la que los actores principales hace mucho que Command+Q. Y está por ver si la muerte sistemáticas de inocentes en nombre del oprobio/agravio que nuestros tatarabuelos sufrieron por parte de quien coño fuera, los haga retornar a la vida.
Dicho esto, y sin haber perdido a ningún hijo, ninguna casa, ningún miembro, creo que habrá que Reset el asunto. Los muertos, muertos están; los Ara Pacis no han soportado paz duradera nunca. Los soldados desconocidos siguen siendo muertos desconocidos: sus luminarias son un insulto pues recuerdan el sinsentido de la guerra.
Y, para finalizar, propongo que seamos nosotros los artífices de la paz. (Artifex: «artista, artesano, creador o constructor») Maravillosa palabra que parece describir personas, seres, que saben lo que hacen pues son obreros con sus manos. Así, la memoria de quienes nos sucedan no volverá a hablar de la guerra de nuestros padres, sino de la paz que sembraron.