
Ganad esta guerra justa. Id a la batalla. Dad vuestra sangre. Que vuestros hijos e hijas, mujeres y hombres, lamenten vuestra pérdida. Las banderas ondearán a media asta un breve espacio de tiempo, una descarga de fusilería de honor… y serán los siguientes es morir en las mandíbulas del dolor y de la guerra: la que nunca debió ocurrir.
Los líderes: los que ordenan que comience la batalla, brindan por la victoria de su país. Confunden su seguridad con todos los que, vestidos de caqui, defienden la supuesta legitimidad de una guerra. Son los mediocres los que ocupan el poder porque son los que se amputan la conciencia y se llenan los bolsillos.
Pero siguen siendo maltratadas las mujeres por la policía de la moral; aquella que permiten flagelar a las mujeres por ser motivo de escándalo público (y para los propios hombres). Son aquellos que se creen soberanos de la vida de quienes dan vida. Ojalá algún día se den cuenta las mujeres que son ellas las que verdaderamente pueden cambiar el sentido del viento que mueve sus velos.
Siguen llorando las que dan a luz por la muerte de sus hijos: los nonatos, los recién nacidos: de ahí hasta los adolescentes que manosean libros rotos en los patios de los colegios derruidos. Para mayor gloria de Sion.
Jerusalén. Ciudad de paz gobernado por la locura y la cerrazón. Por las profecías de grandeza que hablan de un pueblo que vivirá en su tierra… Pudiendo ser quienes siembran la paz y la concordia, sigues empecinada, dura cerviz, en apisonar y matar.
El pueblo que ha de ocupar la tierra, todo el planeta, es el de todos y cada uno de los seres humanos, con derecho a vivir con dignidad y en paz.
(Texto patrocinado por Pompas Fúnebres “El último viaje”)