
Hoy he visto a alguien muy conocido en un vídeo. Hablaba tal y como lo recuerdo. Y ha sido un medio de transporte a un lugar que hace mucho que no piso, un mar que no moja mis pies: una brisa que no infla mis pulmones con su delicadeza… Dejaba un recado que se antoja lejano. Y lo es en el tiempo. Pero es visible como las cicatrices. Y, como ellas, duelen cuando algo cambia en el ambiente.
Y es por ello que creí que era lejano. Y, casi inmediatamente, me di cuenta de que no era cierto. Remotos son los mensajes en coreano que me plantan los idols del Kpop; distantes son los llantos palestinos, que me inquietan, pero que no me mueven: lo reconozco. Apartado es el hielo de Groenlandia resistiendo el hedor del aliento yanki.
Los mensajes son ajenos en tanto no pueden ser reconocidos por lo más genuino que me habita. Pero, hay una hebra, un hilo de Ariadna que me ata y me rescata cuando una voz, una imagen violentan mi calma y resucitan el muerto que vive enterrado dentro de mi caverna, del tedio.
Es entonces cuando me doy cuenta de que ni los años ni la distancia, hacen a alguien lejano: porque, cuando esa hebra aparece, reverdece el camino, brota la vida sembrada…
Y siento una paz infinita.