En el país de los laicos hace mucho frío. Quienes se dedican a trabajar dentro de la iglesia que no tienen ningún tipo de cobertura, viven en una provisionalidad que, a veces, es asfixiante. Cuando hablo de cobertura, digo estructura que sea reconocida por nuestra madre y que certifique que no trabajas por una iluminación, un flash o como quieras llamar al motor de tu trabajo y se apagará en cualquier momento. Es esa futilidad que desaparece cuando te consagras. Entonces, no hay problema: seas fiel o no, eres mucho más eclesial, mucho más “de Dios”, que cualquier laico que limpie las iglesias o haga esas cosas tan mundanas, que para eso somos “del siglo” …

Comprendo y amo a mi iglesia. Es la estructura actual más antigua y más sabe el diablo por viejo que por diablo. (interesante la frase en el contexto que la estoy mencionando). Las lógicas reservas se comprenden perfectamente, pero creo que algo tiene que cambiar. En un tiempo en el que se evoluciona a velocidad de gigabits por segundo, no puede seguir utilizando un módem 54k.

Doy gracias por mi laicidad. Como también la doy por la consagración por la que opté al vivir el matrimonio, concebir hijos, su educación… creo que no soy sospechoso de ser un balarrasa. Nosotros, los de la iglesia de a pie, somos capaces de asumir responsabilidades, de ser consecuentes con nuestras opciones sin mimetizarnos con comportamientos asociados a los consagrados, los de primera división. Porque, además de querer vivir como Él, para ser como Él, tenemos que cotizar en el régimen general o el autónomo, pagar hipotecas y todas esas cosas…

No sé quién será el fundador de los laicos: a quién tenemos que rezar o por quién asistiremos al triduo. Por eso, nos vemos obligados a seguir al maestro.