Es magnético. Cada vez que veo un programa de arreglar cosas, me quedo enganchado: el cómo lo hacen, el proceso teatralizado, a veces, de la reparación es hipnótico. Y creo comprender por qué…

Sea un coche o una radio, hacer que funcione correctamente es adictivo, porque te pone a prueba, te hace buscar, investigar; las manos manchadas, la frustración de no comprender, la alegría de la solución: es magnífico.

Y recuerdo todas las cosas, todas las personas que me han enseñado aquello que sólo se aprende con la vida, los días: Tapi, con la radio de Galena de la que me fascinaba escuchar historias; Faustino, que me enseñó a sacar leche, no diré ordeñar porque eso lo hacía él; Vicente, que me adiestró para escudriñar lo que no se ve…

Las manos, la cabeza… todo mi ser se pone en marcha para que la calma vuelva a donde le pertenece.

Busco la paz en lo que creo. Y muchas veces, la consigo haciendo algo puramente físico: sin liturgias ni oraciones, consigo parar y sentirme bien. Y, cuando no sale lo que debería, lo declaro aprendizaje y me digo “qué pequeño era. En el siguiente, lo haré mejor”.

Y doy gracias por tener la oportunidad: de nuevo.