
No recuerdo porqué le puse ese título al presente escrito. Últimamente me pasa mucho que, estímulos aleatorios, provocan reacciones inesperadas.
Y bueno: Como dice el encabezado, manchar es más fácil que quitar la mancha. Es absolutamente cierto que la capacidad para manchar cualquier tejido es inversamente proporcional a la de quitar el producto manchante. Manda orejas, tú.
Y es que, como dice el saber popular, “tú habla, que algo queda”; y, como si del habla se tratara, el rastro ahí se queda, como si fuera el círculo del centro del campo de cualquier cancha.
Y después de tan sesudas disquisiciones, cambiamos el tercio:
¿Y si de lo que manchamos fuera algo bueno? Que no sea la salsa de bogavante que va a parar al traje de la novia, sino que sea un hecho honesto en un contexto adverso: Una canción de paz entre tambores de guerra, una distancia social en un contexto maleducado, decir la verdad en medio de las mentiras sistemáticas…
Una pintura hiperrealista en una retrospectiva cubista, una clase de yoga en un desfile militar; un niño compartiendo su merienda en la puerta de un supermercado, un beso de amor en una ejecución…
Decidamos: ¿Cuál será nuestro siguiente paso? ¿Acaso menearemos la cabeza profetizando noticias pasadas, lamentando el presente que gestamos con nuestro nihilismo doméstico, silencio complice embutidos en nuestras confinadas lorzas…? O quizá manchemos nuestra impoluta mediocridad de valentía, de preñada esperanza, de vidas sin avales pues es ella misma la que habla del valor de los días.
Manchemos la historia con gris inteligencia, polícromo arcoíris de fraternos compromisos: Locos de atar, como Yayoi Kusama, dejemos salir los colores de la inaudita creatividad que habita nuestro corazón.