
Hoy me he levantado con el pie derecho. Todo me va a ir bien. Cuando veo las noticias, siento una alegría incontenible. El calentamiento global se está acelerando gracias al calor de las bombas, de las consignas, de los cadáveres incinerándose. Menos mal que estamos llegando al invierno y no pasaremos frío.
Como frío no pasa quien repite la historia hasta la arcada. Sumidos en un bucle insoportable, una rueda de molino que tritura el tiempo pero no aprende nada de su experiencia, repetimos desmemoriados los errores.
Porque una cosa es verdad: el poder se sustenta en la destrucción del individuo como ente independiente. Las grandes cadenas de moda son la metáfora perfecta de la unificación del yo en una única pasarela donde lucimos igual de esperpénticos pero, como en el traje del Rey, lucimos orgullosos las lorzas.
Pero, como indiqué al principio, hoy me levanté con dos pies derechos, con tréboles de cuatro hojas cosidos a la camisa, con palabras de esperanza bordadas en los dedos y en mi boca. Un acto de honestidad: uno. Si cada uno de nosotros hacemos con un igual aquello que queremos que hagan con nosotros, bajará la temperatura del horno en ciernes, los vendedores de armas se verán obligados a fundirlas para hacer podaderas, tractores, arados… La violencia no será la única razón.