Si el Evangelio no es buena noticia para todos, ¿para quién lo está siendo?

¿Para qué?

Si las canciones que cantamos son para quienes ya las saben, para quienes las esperan, pero no son revolución para quienes nunca antes las escucharon, ni siquiera para nosotros mismos, ¿para qué?

Si nuestros encuentros están teñidos de nostalgia: aquella que nos recuerda la ilusión que movió nuestra juventud y que se fue consumiendo como una candela de papeles, de la que sólo quedan cenizas que se lleva el viento, ¿Para qué?

Si nuestra religiosidad es pura estética y no cambia nuestra sociedad, ¿para qué?

Si nuestra vocación sirve para mantener este estado catatónico en el que no comprende la distancia entre vida y Buena Noticia, ¿Para qué?

Si nuestros santos nos condenan a mirarlos en la distancia, siendo ejemplos de lo imposible para el resto y no son reflejos de una luz mucho mayor a la que hay que aspirar, ¿Para qué?

Si quienes creemos no somos la alegría, la esperanza para toda la tierra, ¿para qué?

Si la sal se vuelve sosa, si la luz ya no ilumina, ¿para qué?