
¡Qué bichos tan monos! Esta primera frase es incomprensible pues establezco una relación de igualdad entre simios e insectos. En fin… Me fascinan. El extremadamente lento movimiento que tienen y su elegancia; su estilizado cuerpo, sus antenitas. Lo dicho. Un amor.
Podría regodearme en todas sus cualidades, para solaz y esparcimiento de los entomólogos, pero me voy a quedar con una característica que, a priori, resulta brutal; pero que empiezo a pensar que es un salto evolutivo que deberíamos considerar los bípedos implumes. Me explico:
“Las hembras de Mantis Religiosa devoran a los machos durante la cópula para asegurar la carga genética de sus descendientes”.
Después de constatar, una y otra vez, que hay machos de nuestra especie que creen ser dueños de sus parejas, con derechos y prebendas que atentan contra la libertad de ellas, veo interesante promover el “Proyecto Mantis”.
Este revolucionario proyecto desarrollado por las superpotencias y llevadas en secreto en instalaciones fantasma, lo que propone es que, una vez que el hombre ha cumplido con el único deber para el que parece haber sido diseñado y dotado pues obvia todo rastro de inteligencia ya que no la necesita para ello, sea deglutido por su pareja o por la comunidad a la que pertenezcan.
¿Hablas de canibalismo femenino? No. Hablo de que estoy hasta las narices de ver cómo hay machitos que siguen causando un dolor inimaginable a las mujeres y su entorno por el hecho de que ellas, en un momento de debilidad, los hicieron parte de su existencia.
Y, colorín colorado, este cuento no se ha acabado. La violencia es consecuencia, fruto de una educación en la que se valoran actitudes que distan mucho del ansiado equilibrio entre géneros. Que nadie piense que se puede librar de esta lacra. El remedio natural a toda esta barbarie es la educación. Pura y dura. EDUCACIÓN.