¡Cómo echo de menos conversar! El momento en que no existe nada más que el diálogo…
Pero no hay tiempo, no encuentras la ocasión para que ella sea la musa que susurra, la sirena que arrulla, Lareira que acoge.
Y fue a la orilla del mar, donde la conversación entre el continente y el mar es eterna cuando comprendí que no es como yo quiero.
El mar refresca la tierra, ofreciéndole la sal, dándole sabor y frescor. La tierra adentro se queja por no ver el horizonte que surcan los barcos de bajura y quiere decírselo a las caracolas y las gaviotas que saltan en las dunas.
Envía con el viento que se torna brisa, el polen y las hojas, el calor y su estío, su formal petición: Conversar y saber qué tal están los pecios, los bancos de atunes y las navajas en la orilla; las algas que hacen de la orilla pradera.
Quiero escuchar tu voz. Me hace sentir bien.