Los usuarios de mensajería instantánea lo vemos en multitud de ocasiones. Recibimos un vídeo que, en la parte superior, pone que ha sido reenviado muuuuuuuchas veces. Y, por defecto, yo los borro.

Y los borro porque soy un individuo al que le gusta que le traten como sujeto y no como objeto al que enterrar en enormes cantidades de vídeos ñoños, sensibles, cursis y todo lo que se te ocurra para definir esos vídeos tan prescindibles.

En ese orden de cosas, coloco todos los mensajes que se me envían desde una lista de difusión. Los borro. Por la misma razón.

Me gusta tener trato personalizado. Cuando quiero que alguien se entere de algo mío, envío un mensaje específicamente para él. Y, en el caso de que quiera que llegue a más gente, lo pongo en redes: fácil.

Pero me sorprende la facilidad que algunos tienen de creer que tengo ganas de ver cómo un gatito sale de una cesta y se enrosca entre las patas de su madre, cómo sale el sol entre nubes a la vista de una niña rubia de ojos azules con una lágrima de emoción cayendo del derecho… ¡¡¡Nooooo!!! Me importan una mierda los gatitos y las niñas monísimas. No necesito atiborrar mi sensibilidad con mensajes cutres, con pantallazos horteras, con mensajes vacuos. No tengo tiempo para ellos.

Por ello, y con todo el respeto del mundo, me atrevo a compartir este personal punto de vista.

De todas, todas, no será este mi texto más popular; pero creo que es un ejercicio de sanidad mental.

Si quieres compartir conmigo, mándame un correo, llámame por teléfono, dime qué tienes dentro genuinamente y yo tendré contigo una conversación absolutamente original, sin copy ni paste pues, invertir el tiempo personalizándolo para ti, será un privilegio, me hará salir de mi bunker y me expondrá a la verdad de tu vida.