Ando con el oído descacharráo. Es una gaita vivir en una carta de ajuste permanente, pero es lo que hay. Estoy escuchando todo lo que puedo como si fuera la última vez que fuera a hacerlo. Y me he dado cuenta de algo que es, por obvio, increíble:

La música llena la parte de mi cabeza que mejor la percibe. Por ello, cuando uso los cascos, mi lado izquierdo se llena de música mientras que el derecho hace lo que puede. El derecho, hace lo que puede…

No escucha mi oído. Es la caja de resonancia donde viven mis recuerdos, donde se generan todas las ideas, donde se esconden las experiencias olvidadas, implorando resucitar. Escucha el cráneo que contiene la materia gris que define mi yo para transmutarlo en actos. La música se reproduce dentro de todo el cerebro. Si la reproduzco muy fuerte, me hace daño lo que, cuando es al volumen adecuado, es remanso: es revolución tranquila que me llena el alma, esa cosa que no sé dónde vive, pero que me hace más humano cuando la música llena sus arterias, sus pulmones. La música es la sangre del alma.

Pues eso. La muerte es sordera. Es ausencia del compás, de la armonía: del ritmo, latido de la música. Resucitar es volver a escuchar la melodía de la vida.