Ahora que hace fresquito, hay que ver lo que se agradece una mantita, un abrigo o cualquier otro utensilio que te aporte calor. El invierno es lo que tiene: hace frío. Y lo más interesante del invierno es, y lo digo en términos europeos, que puedes elegir la cantidad de calor que necesitas. Me explico: cuando, en verano, hace calor hasta para los lagartos y las chicharras, no hay manera de bajar la temperatura corporal. O tienes una piscina en la que sumergirte durante 19 horas al día o sudas como una siesta en un tresillo de polipiel. Pero, en invierno, te pones una, dos, tres: las capas que hagan falta para obtener el abrigo necesario. Y te sientes bien.

Aplicando esta forma de percibir la temperatura, la exporto a los movimientos. Mientras que el Evangelio aporta una novedad insoportable, incapaz de ser ignorado, hay movimientos y “sensibilidades” que aportan un calor suficiente en este invierno que, dicen, vivimos. Que te hacen sentir bien.

Es ahora cuando me acuerdo de un pasaje de Mateo 5, 13. “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?”. Y, de una forma imprudente, iletrada, osada como la ignorancia, me atrevo a preguntar si, todo aquello que se publicita como novedad, es verdaderamente sal. Si hay un reconocible sabor a Evangelio, al Padrenuestro que hace a la tierra, espejo del cielo…

Cuando se hace un cocido, se nota si te has pasado con la sal: o si no has llegado.