Debo decir que es un verbo que no me gusta nada por lo irracional que comporta. Me fastidia que sea la razón por la que se puede tomar una decisión: o no. Sentir. Algo tan impredecible, tan subjetivo, tan falto de inteligencia…

Pero hoy siento fastidio. Uno de los gordos. Porque me parece que se impone la sensación, lo que se siente, como un kilo de morcón con cabrales en un bocadillo de pan de pueblo: pesado, indigesto… La sensación de que, tomar partido por algo tan intangible, tan subjetivo, tan decisivo como Dios, se circunscribe al plano sintiente. Y que se puede prescindir de él sin ambages, sin pudor.

Ahora digo: Creo. Creo con todas las fibras de mi ser que postular que Dios, su Palabra, su hijo y sus hechos: su muerte y resurrección, son razones para una esperanza irracional: pero verdadera. De la misma manera que se toman decisiones en las que mueren personas porque son daños colaterales, las bienaventuranzas colaterales que trae tratar al desconocido como hermano son infinitas: como infinito es el amor. El amor que tú conoces y reconoces como mutágeno del Reino de Dios. Un reino en el que todos somos.

Estoy hasta donde dijimos de la mediocridad que busca sustituir el credo por la solidaridad. Tomar partido. Inequívocamente. Consecuentemente. Ese es el camino.