
“Cercar un lugar, especialmente una fortaleza para intentar apoderarse de ella. Cercar a alguien cerrando todas las salidas para apresarlo o rendir su voluntad”.
De las muchas maneras que hay para doblegar un pueblo, el sitio, el estado de sitio, es de las más antiguas. La consecuencia directa era el hambre de los sitiados: se les mataba de hambre.
Hoy, Netanyahu, lo está practicando. Pero, lo más interesante, es que no hay contienda. Sólo hay víctimas y verdugos. Las víctimas son los niños, futuros terroristas, y las mujeres y niñas, gestantes y futuras madres de aquellos.
Si la victoria sionista es sobre un ejército famélico, la vergüenza se vuelve exponencialmente insoportable.
Si la guerra, alguna vez, tuvo sentido, lo que estamos viendo en directo es la aberración más absoluta, la abominazion insoportable, la absoluta trepanación de la conciencia en aras de un pueblo que se cree más digno de vivir que cualquiera de los que le circundan.
No hay honor en esta victoria. Pescar en una pecera es jugar sucio. Sitiar a quien no puede defenderse es cobardía.