
“Esforzados soldados de la Fe”. Esta era la definición que yo leía hace muchos años en un cómic de un héroe que se encontraba la obra de un misionero en el corazón de África. Y, con permiso de Quino, traigo el texto de una tira de Mafalda en la que se veía la estatua de un prócer de la patria en la que se podía leer: “Fulanito de Tal: Incasable luchador por las libertades…” Y ella pensaba: “Así cualquiera: lo increíble es luchar cansado”.
Estos pensamientos los traigo a colación pues he estado con unos laicos este fin de semana. Hemos estado trabajando con un montón de chavales valores del Evangelio y el carácter propio del carisma”. Es increíble cómo gente que está toda la semana dándose cabezazos para ganarse el pan, sacan tiempo para preparar la logística de la comida, los regalitos para los participantes, los materiales de los talleres y, con una ternura y paciencias digna del santo Job, atendiendo a los chicos, con realidades diversas: tan distintos…
Y, me meto en un berenjenal, se les trata como a esforzados… Nooo. Son gente que cree y que, las órdenes y la propia iglesia los trata como carne de cañón. No me estoy pasando. Es curioso que el hecho de ser consagrado trace una línea Maginot, una frontera marcada por la Gran Muralla China por la que el trabajo que ellos desarrollan es menos… No sé cómo expresarlo sin faltar al respeto a creyentes que trabajan como si creyeran que el Reino de Dios y su justicia ya está entre nosotros.
Son órdenes terceras. De tercera división o regional preferente.
Por ello, dedico estas líneas a toda la gente que, sin estar consagrados al uso, donan su tiempo y sus latidos para compartir el Dios que un día recibieron y que, estimándolo un tesoro, lo comparten: para que no sea un tesoro perdido.