El fin de semana que viene. El año que viene. Las próximas vacaciones. Programar el futuro es una práctica muy extendida. De ello se benefician las agencias de seguro, las de viajes y toda la corte de brujos y magas que lanzan vaticinios sobre el Dow Jones o el Ibex. Todo es ficción.

La cadencia temporal es real. Primavera, verano, otoño e invierno. Los árboles lo hablan echando hojas y flores o alfombrando las calles con los cadáveres fotosintéticos de colores cálidos, ocres: quebradizas pruebas de la vida que ya se fue… y se libra de todas ellas porque en su programación estima que, en un espacio de tiempo, volverá la lluvia, el sol y las yemas que anuncian el nacimiento de las hojas.

La certeza de la vida elíptica, armónica traslación anual, es una ilusión. Que se lo digan al cadáver que visité el otro día en el tanatorio, a la berenjena que cené ayer o a la tórtola que picoteaba las migas de pan tras sacudir el mantel.

No hay tiempo. Mientras los animales son presa del instinto tras nacer, buscando crecer, reproducirse y, en lo posible, morir lo más tarde posible sin cuestionar el disco solar y su diaria desaparición, yo me empeño en creer que tengo tiempo que perder. Pienso que vendrán oportunidades por arte de magia o por la lógica razón que validaré en mi lóbulo frontal: hoy es toda mi existencia. Hoy vivo con todos los valores que hacen que mi vida valga la pena. Es ahora.

En lo que creo, lo que trabajo; en la educación y el compromiso, la compasión y el amor, todo es ahora.

Ante la insoportable idea de la no existencia, vivir la propia como si no hubiera oportunidades, como una ruleta rusa, como un salto al vacío.