
El abuelo se había ido. Al cielo, le dijeron; Viendo abrazados a los padres, con los ojos arrasados de lágrimas, la pregunta fue desconcertante, pero resonó tan fuerte… ¿Cuándo vuelve del cielo? Preguntó el niño de la forma más natural.
Nosotros, los adulto, tenemos la idea asentada de que, del cielo, no se vuelve porque se está estupendamente. (y por razones de lógica que no vienen al caso exponer). Esa lógica no existe en un niño. Si se puede ir a un sitio, se puede volver de él.
Y, como para los creyentes padres, ir al cielo es lo mejor que le puede pasar a nadie, pues estás en presencia de la alegría infinita, la paz, la luz… ¿cómo alguien querría volver?
Tras esta exposición, pienso una mijita, y, al que se le caen las lágrimas ahora, es a mí. Todo un Dios abandona el cielo para hacerse un niño, como el que hizo la pregunta al principio del textillo, para recordarnos que la esperanza no es una opción: que la fraternidad no es negociable y nada ni nadie está por encima del ser humano, de su realización y felicidad. Que somos familia y que, o cabemos todos, o no cabe ni Dios.
Hoy por hoy, Dios parece no caber; en este tiempo de Adviento, tan propicio a la publicidad que nos recuerda que no podría ser tan maravilloso si no compras esas chocolatinas en forma de calendario… Le damos la vuelta: si ni Dios cabe, ¿quién cabrá?
Con todos los que no tendremos nunca cabida; con los que no saben que son sacerdotes, profetas y reyes, hijos del gran rey… Dios se muda del cielo a la tierra. Le da un beso al abuelo recién llegado, deja atrás la belleza cierta para mostrar la que vive dentro del corazón; la que renace cuando te haces niño.