Hoy, sábado santo, es un día de incertidumbre: de espera, desasosiego… Muchas preguntas pululan entre quienes siguen a Jesús, pues ya no está.

No está quien siempre fue de frente. Cara a cara hacía que, aquellos que se encontraban con él, sintieran que eran parte de algo que valía la pena. Algo que verdaderamente era real, porque quien mira a los ojos como lo hace Jesús, hace creíble, verdadero, vivo aquello que comunica con su voz y su ser.

No había pensado nunca en ello. ¿Os habíais fijado que el crucificado mira de frente? Ni siquiera en la muerte dejó de creer, aún en la incertidumbre de sentirse abandonado; No dio la espalda a los que creyeron: ni a quienes lo llevaron al patíbulo. ¿Quién puede tener miedo si la muerte es lo más cierto? No cabía otra posibilidad que morir para que todo el universo comprendiera que es verdad el mensaje que vino a traer.

Por ello: por morir de frente, por mirar el cielo de la tumba amortajado, por hablar cara a cara con la mujer que lo reconoció tras resucitar: resucitar, que no es volver a la vida sino que es vivir siendo nuevo, totalmente nuevo, totalmente él.

Toda celebración, de frente. Dar la espalda es seguir muerto, enterrado en certezas que celebran la muerte y olvidan la resurrección. Condenan la Buena Noticia al ostracismo de lo imposible para afianzarse en la ley: Esa tramposa que encadena la libertad de todos los hijos de Dios.

¿Acaso os podéis imaginar que lo hubieran crucificado de espaldas?