
Justo, un vecino del bloque de enfrente, cuando contaba una película que había visto, siempre se refería al personaje principal como “El Muchachito”. Yo tardé en darme cuenta de qué quería decir. El héroe de la película era desprovisto de su nombre y pasaba a ser el susodicho muchachito…
Y, llevo tiempo pensando, que el muchachito de mi vida soy yo. Yo soy el personaje principal de mi propia historia. Y, como tal, no me gusta que me quiten protagonismo ni que me ninguneen. Es lo que tenemos los héroes. Y, por tirar un poco más del hilo, cada uno de los habitantes de esta tierra es el personaje principal de su vida. Y, como héroes, no creo que tampoco les guste que le quiten la trama, nudo y desenlace en los que se va desmadejando su heroica vida, de la que son dueños, en la que buscan lo mejor…
Pero, últimamente, me ha dado por observar. Con la prudencia que debo tener, que es poca, si pones atención cuando caminas por la calle, ves gente agachada, enfadada: muchas actitudes son calcadas en personas totalmente distinta. Diríase que han asumido los mismos papeles en sus vidas: parecen actores de reparto. Y, me puedo equivocar, no creo que a nadie le encante ser el relleno de una producción mucho mayor.
Si ser el protagonista de tu vida, consciente de tu capacidad, llevándola a la excelencia, trae el bien a tu película, creo que sería fantástico que cada uno de nosotros tomáramos la vida que nos toca vivir y aportáramos el bien que sólo nosotros podemos generar. Si, por el contrario, nos despojamos de nuestro papel de héroe y somos figurantes, hay mucho bien que no será aportado: habrá muchas historias que no tendrán final feliz.
Mola ser el muchachito. Normalmente, se llevan a la chica protagonista: ella, no es la muchachita. O quizá sí.
La cosa es que, decidamos lo que decidamos en cuanto a nuestra vida, nos haga plenos: mujeres y hombres dueños de su destino, capitanes de su alma.