
Cuando uno se encuentra con algo que le cambia la vida, la primera acción que pone en marcha es vocearlo a los cuatro vientos. Actualmente, esto parece ocurrir con asombrosa frecuencia pues muchos, a través de todas las redes sociales, nos cuentan todo aquello que les pasa como si hubieran encontrado, no solo un unicornio blanco, sino a lunares.
La cosa es que la trivialización de lo importante está a la orden del día. Es un muy eficaz instrumento para banalizarlo todo. Así, nada y todo tienen valor: cualquiera cosa es la quintaesencia de la belleza o el ñordo más nauseabundo.
Que alguien se encuentre de frente con algo que le cambia la existencia, en este caso hablaré del encuentro con el hijo del carpintero, es bello. Que, al descubrir su vida y milagros flipe mucho, es lo que apuntala el encuentro. Pero es sorprendente ese impulsito que algunos tienen de querer ser, más que el hijo de Dios, su hermano.
Me explico.
Toman de la belleza una alícuota parte, bastante verdad pero con leves matices. Sería algo así como hacer una segunda parte o un “Remake”. A quienes comunica su hallazgo y sus variaciones a partir del original les embelesa. Y reconocen el original en el producto 2.0 que se les propone. Pero, ni segundas partes fueron buenas ni recuerdo remake que fuera mejor que el original.
Por eso, ya que no vamos a inventar la rueda, me parece relevante ir al original, que viene de origen (Comienzo de la existencia de algo o lugar de procedencia de alguien o algo. También, causa o circunstancia que da lugar a la existencia de una cosa). Mola mucho más lo auténtico, ¿no te parece?