He visto un programa de televisión que habla de los diferentes movimientos que convocan a los jóvenes hoy en día. Me llama mucho la atención aquel encuentro del que no se puede hablar porque es algo secreto: es un regalo…

He estado en cientos de convivencias, en decenas de pascuas, encuentros, experiencias: he compartido momentos con gente de toda ideología. Y no estoy de acuerdo con todos. Pero hay algo que me pone en guardia: es el uso del lenguaje. Escucho las palabras que dicen. Se parece mucho a lo que he escuchado tantas veces… Tantas en las que me han dicho que ”estamos en lo mismo”. Y no lo estamos.

Para mí todo aquello que prescinde de una parte del cuerpo que somos todos, es una aberración, un trozo, una porción: una secta; que me llamen júligan, pero no puedo estar de acuerdo con movimientos que establecen un linaje para el pueblo elegido por Dios.

Y es lo que veo.

Me hace gracia del modo tan alegre en el que se habla de aquello que genera tal movimiento, tal otro…

Me llaman poderosamente la atención pues, de joven, escuché aquello de “si tienes mucho dinero, es porque Dios te ama y te está bendiciendo”. Debe ser que aquellos que trabajan con los más pobres o los que trabajando por el Reino de Dios y su justicia y no llegamos a fin de mes no somos los favoritos de Dios.

Reconozco que me chirría. Me suena a mi adolescencia en la que, en la vigilia de resurrección de la Pascua, se producía un éxtasis que se extendía a todos los que estábamos, en el que todo se movía como si fuéramos uno solo. Cuando llegaba a casa, mi parroquia no se parecía a eso que viví.

Por eso, cuando veo éxtasis patrocinados, se me ponen los pelos de punta.

Todos los hijos de Dios tienen hambre de trascendencia. Arrogarse la prez de ser quienes llevan a Dios a los corazones, es osadía, es insensato: es de jóvenes.

El tiempo nos pondrá a todos en nuestro lugar.