Estoy acostumbrado a luchar. Ver injusticias, localizar las vulnerabilidades del agresor y atacar. Y así muchas veces.

Ahora me doy cuenta de que hay luchas que no son mías, que me hacen daño: arañan mis entrañas, trocean mi alma, emponzoñan mi espíritu. Y estoy cansado.

Y quiero volver a confiar como si no hubiera ocurrido nada tras abandonar la zona de guerra, el campo de batalla; vivir con la memoria que otorga el día a día; y la inocencia de un niño.

La inocencia de un niño que confía en sus padres sin prejuicios. Los padres no pueden querer ningún mal para él.

Creer a pie juntillas que lavar mis manos salvará vidas, la educación es un valor inalienable; la sonrisa es vacuna contra la depresión y la experiencia te inmuniza contra la costumbre, enfermedad que tiñe de negro la luz…

Aún tengo la capacidad para elegir cómo vivir mi vida. Hacerlo en contra de todo y todos, como si de mi dependiera la aceleración de la gravedad, o sabiendo que mi patria está en mis zapatos. Y que sólo puedo cambiar mi corazón.