Los que conocen la abundancia, sienten, en la escasez, mucho más hambre que los que viven en la hambruna toda su existencia. Por eso es tan terrible la ausencia. Y dan gracias por haber visto lo que otros no vieron, oyeron o gustaron; ese recuerdo, ese hambre, es gasolina en la hojarasca, fusta en el lomo…
Y creo, creo yo, que lo mejor para domesticar la raza humana, es amputar toda posibilidad de recuerdo: Generar ruido que llene los espacios vacíos de la memoria. Así, desorientada, bailará al son asonante del aturdimiento. Sin recuerdos, sin recuerdos propios, se abandona la identidad a favor de la masa, bárbara y estúpida.
Por eso, hoy quiero recordar lo que me hace humano. Sobre todo, quiero recordar, que palabra tan corazonadora, el amor. El amor primigenio de mi madre. El amor que me eligió como compañero. El amor que me hizo padre una, dos veces.
Y vuelvo al lugar donde viven esos recuerdos: Donde la plenitud se hizo catarata en el desierto.
Ahí, soy yo.