
Vivimos un tiempo en el que parece que el pasado tiene más peso que las posibilidades que se abren ante nosotros. Haré mención a dos hechos que me han parecido relevantes por su irrelevancia y por el ruido que se le otorga. El primero es la cuestión de la estampa del año nuevo y el empeño en recordar la muerte de un dictador. Ambos hechos no están conectados, pero tienen un mismo objetivo: Crear una división que polarice y que despiste.
La polarización es un recurso muy antiguo y demasiado utilizado. “Divide y vencerás” es su máxima y es de probada virtud. Que alguien muestre una estampita no tiene más valor que aquel que tú le quieras otorgar. Que pretendas celebrar la muerte de quien desapareció hace tanto, evidencia la incapacidad para ilusionar: por lo que, se vuelve a apelar al miedo, a los fantasmas…
Pudiendo optar por la celebración de las cortes constituyentes, las primeras elecciones, la democracia y su pluralidad, los consensos, los mediocres optan por esta política que se alimenta de zombis.
En fin. Yo creo que hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos. Sé que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, en el caso que fuera necesario y que, como digo últimamente, es de biennacidos ser agradecidos. La vida de la fama tiene un breve recorrido. Y, a quienes pretenden pasar a la historia apelando a la futilidad del conflicto, les deseo suerte.