Cuando nuestras familias empezaron a emigrar a Europa tras la Segunda Guerra Mundial, no ocuparon puestos de dirección. Muchos de ellos se ocupaban, con un salario digno y condiciones contratadas, de los trabajos que los europeos no querían hacer.

Con semejantes antecedentes nos da ahora, europeos, por ponerle pegas a la gente que viene. No vienen por gusto: Sienten el aliento de la guerra en la nuca y buscan un lugar donde vivir y trabajar en paz.

Los perros de la rabia y desmemoriados próceres: Los bienpensantes y adalides de la cultura grecorromanogermánica, o así, ladran consignas contra los que no pudieron elegir. Olvidan, dentro de España y fuera de ella, que nos estamos muriendo: Que muy pronto bailarán sobre nuestras europeas y blanqueadas tumbas pues no habrá raza aria europea que defienda tan nobles y arancelarias fronteras.

Hasta que se me canse la voz y me mute el entendimiento: Repetiré que la dignidad no la da el lugar de nacimiento. Lo da la vida en sí misma. Que el color de la piel es un accidente y que todo el mundo ríe en el mismo idioma.

Una sola familia.