Elegimos. Los que podemos, elegimos; con acierto o sin él, tomamos decisiones que nos llevan a los lugares que transitamos. Todo es consecuencia. Con esta premisa, las relaciones que tenemos, que mantenemos, dan los frutos que podemos constatar. Pero está la subjetividad. Esa mierda de que, como sujeto, veo las cosas de un modo muy concreto. Y son tan reales…

Es en este instante en el que me doy cuenta de cuántas veces se elige el mal menor (cuando lo lógico sería el bien mayor). Una cuota de realidad que no está bien: pero que no está mal: una senda mediocre que nos ayuda a soportar el vértigo que sentimos al asomarnos al abismo de lo desconocido: o ese que hemos atisbado tantas veces y que sabemos que sólo tiene caída. Y pensamos “pues no es tan dañino”.

Sí lo es. Lo que me ata, lo que no me hace crecer, lo que me encadena a la asesina rutina, pernicioso. Y es que, creo, nacemos para la libertad, para ser felices.

Por eso, creo que hay amigos falsos, amores torcidos, fidelidades violadas a las que no debo pleitesía. Hay palabras que ya no significan nada. Pero hay voluntad, hay verbos que están en infinitivo, pero que viven en indicativo y me gritan en imperativo. Ser feliz: esa será la norma.